sábado, 17 de febrero de 2007

LA ESPERA


La película "Nadie sabe" (1), de Hirokazu Kore-eda, transcurre en la época más luminosa de la vida: la infancia, cuando las energías son más plenas o comienzan a serlo. Kore-eda logra plasmar esta luz impecablemente, en las miradas, las sonrisas, los juegos de cuatro chicos. Sin embargo, la iluminación ambiental es tenue en todo momento, como evocando el otoño o el crepúsculo. Suaves rayos de sol penetran en el interior de un departamento pequeño sin hacerlo resplandecer jamás. Es un sol que conoció quizás su punto de máximo vigor y decayó, o se detuvo en esa escena sin haber alcanzado nunca su apogeo, hecho para permanecer con esa corta intensidad en la memoria del espectador y en la vida de esos personajes abandonados a la buena de dios, sin madre, sin padre, entre cuatro paredes. El mayor de los hermanos, Akira, de 12 años, reacciona a esta orfandad y acelera rápidamente el proceso hacia su adultez. En varias escenas de "Nadie sabe" una melodía mínima hace exaltar cada nota. Ese despojamiento, esa fina sensibilidad musical, como cierto tipo de amor, es dulcísimo y triste a la vez. Ha llegado tempranamente el otoño para la mirada de Akira que, en el pico del dolor, comienza a perder calidez. Mis ojos se han vuelto fríos (2), dice la única canción cantada de la película. Sin embargo, es en ese momento, en el de gran acritud, cuando se acerca la compañía de Saki, una adolescente que, como él, también atraviesa su tragedia personal. "Vente conmigo/ que también marcho solo/ tarde de otoño" (3), escribió el poeta japonés Buson. No es por la soledad -que nos define desde el comienzo-, sino por tomar conciencia de ella, que surge la necesidad de reunirnos con otros. Sobre los espacios libres que va dejando la plenitud menguada avanza el deseo de reconstruirnos. En los versos de Buson la tarde misma encarna a la compañía. Al leer haikus como este, dedicados al otoño, no es difícil imaginar, con su propia iconografía, esta época del año en Japón: el frío creciente, los días que se acortan, y la gente en sus casas dejando las calles vacías; la luna en un primerísimo plano, protagonista de las largas noches, reflejándose, volviéndose miles de lunas repartidas en los diferentes ríos que empiezan a congelarse, y en ese hielo incipiente la concentración del movimiento que hará fluir las aguas en períodos de calor. El panorama tiende cada vez más hacia la quietud. El corazón humano también comienza a aquietarse después de los impulsos pasionales que el verano despertó y que ahora quedan atrás. Dicen los chinos que es un problema alcanzar la quietud del corazón y que al lograrla sólo accedemos a uno de los extremos de la polaridad. Nada permanece fijo y si lo está es en la medida en que esa detención es simplemente una instancia del proceso. En el otoño todo se agita en el sentido del descenso, del vaciamiento exterior, como el mar cuando se retira dejando su marca en la arena. Meses de visible despojamiento, y de acumulación interna, de sencilla apariencia, pero de fuerte aglutinación. Una compensación basal en todo equilibrio explicada así por el "I Ching" en el hexagrama "La modestia": "la ley del cielo vacía lo lleno y llena lo vacío" (4), dice. Este saber se extrae de la reflexión sobre el acontecer natural: austeridad en el invierno, aumento en la primavera, abundancia en el verano, disminución en el otoño. Sólo que tal disminución no implica un camino de deterioro sino de retorno al punto de origen. "En otoño es cuando está bien. Porque todo se achica", dice Carlos Battilana en su poema "Trance"(5). Battilana asocia un estado de bienestar al "achicamiento" observable en el otoño. Y tiene algo de revolucionaria esta idea, ya que, contra todo principio acumulativo superficial, la preponderancia de lo pequeño y el paulatino desprendimiento resultan amenazantes para nuestro sistema de vida. Mientras que el despojamiento se presenta como una de las leyes inexorables de la vida (porque, tarde o temprano, lo que hay debe dejar de haber para dar lugar a algo nuevo, y cuánto mejor si no nos resistimos a este curso), el capitalismo, brutalmente a contrapelo, se empeña en saturarnos de posesiones, darnos forma acabada a través de ellas, distanciándonos así de nuestro espíritu y llevándonos a una situación de ruptura con el sentido mayor, es decir, con el ciclo natural. Esta idiosincrasia, como una narración interminable, es un verano que no quiere tener fin. Pero como bien ha dicho el norteamericano Henry Miller: "nada más insoportable que tres días seguidos de placer" (6), y por eso existe el otoño, puedo agregar: una cuestión de ritmo. ¿Y qué es el ritmo? Dice Octavio Paz que se trata de algo más que de tiempo dividido en porciones, es también una tensión particular, una disposición del ánimo que nos mantiene en situación de espera. Encabalgarnos a él no es más que llevar adelante nuestro existir, darle contención a cualquier cosa suelta, desmadrada, que podría no tener límites, para ayudarla, aunque sea precariamente, a comenzar y a terminar. Si seguimos, si Akira, el personaje de la película sigue, es porque el ritmo es una promesa de que algo sucederá, como dice Paz, y este augurio es el del movimiento: "El lenguaje, como el universo, es un mundo de llamadas y respuestas; flujo y reflujo, unión y separación, inspiración y espiración" (de "El arco y la lira") (7). Basta mirar un acordeón cuando suena, la corriente de entrada y de salida, como una gran entraña que se llena de aire y, retornando a sí misma, se vacía. O un ser sobrecogido que se instala brevemente en su quietud, juntando fuerzas mientras espera (ninguna espera es vacía), preparándose para algo que no sabe bien qué es.


Paula Jiménez
Enero 2007


Referencias


(1) "Nadie sabe" de Hirokazu Kore-eda, (Japón, 2004)
(2) "Jewel" (canción compuesta para el film) de Takako Tate
(3) "El libro del haiku". Trad. Alberto Silva (Bajo la luna, 2004)
(4) "I Ching – El libro de las mutaciones". Trad. D.J. Vogelman, versión de Richard Wilhelm (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1995)
(5) "El lado ciego" (Siesta, 2005)
(6) "Sexus". Trad. Carlos Manzano (Plaza & Janés, 1987)
(7) "El arco y la lira" de Octavio Paz (Galaxia Gutenberg/ Círculo de lectores, 1999

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