miércoles, 7 de marzo de 2007

EN LA PUNTA DE LA LENGUA


La filología, por si alguien no lo sabe, es una ciencia interesantísima que al ser aplicada pone al descubierto, por ejemplo, la ideología imperante de quienes hacen uso de una lengua. Según la filóloga valenciana Teresa Meana, el castellano es uno de los idiomas con mayor contaminación machista y sexista. A diferencia del inglés que utiliza sólo el the, sin dividir los artículos en femenino y masculino, el español hace uso de el, lo y la calificando con estos genéricamente el universo de las cosas y los valores que no tendrían porqué quedar “sexuados”. Y este modus operandi no debe considerarse ingenuo. Como dato principal sobre la cuestión sexista subyacente en nuestra lengua, está el uso del masculino dominante para nombrar al conjunto. No suele decirse “las poblaciones”, se dice “los pueblos”. Para designar los gentilicios se usa un rotundo “chinos”, “turcos”, “argentinos”. No es nada común que se utilice un termino que evoque una definición femenina cuando se trata de nombrar lo colectivo y mayoritario. Como si sólo el hombre, es decir el varón, fuera quien contara a la hora de elegir un modelo de humanidad. Dice Teresa Meana en su libro “Porqué a las palabras no se las lleva el viento”:
“El androcentrismo es el enfoque en las investigaciones y estudios desde una única perspectiva: la del sexo masculino. Supone considerar a los hombres como el centro y la medida de todas las cosas. En una sociedad androcéntrica se toma el masculino como
modelo que se debe imitar. Los varones son considerados el sujeto de referencia y las mujeres como seres dependientes y subordinados a ellos. Un ejemplo de pensamiento androcéntrico sería el referirse a “las edades del hombre” cuando se pretende hablar de la evolución de toda la humanidad. No sabemos si detrás de la palabra hombre se está pretendiendo englobar a las mujeres. Si es así, éstas quedan invisibilizadas, y si no es así, quedan excluidas.”
Este libro nos alerta a todas y a todos sobre el uso que hacemos del lenguaje y propone estrategias destinadas a combatir el sexismo que a través de él se expresa. Dice varias cosas para no olvidar, por ejemplo, que “lo que la lengua no nombra no existe”. De manera que si las mujeres quedamos excluidas de su sistema se debe entender que simbólicamente lo estamos siendo también de la existencia. Un claro ejemplo son las profesiones. Hay profesiones y puestos que actualmente no tienen femenino (fiscal o concejal, como muchos altos cargos en general, y si se me discute la pretendida neutralidad de la terminación “al”, opondré que, en cambio, vocablos que designan oficios como el de sirvienta o asistenta son términos de uso corriente), y decir “abogada” ó “médica” es una conquista de los últimos tiempos. Claro, ¿para qué irían a existir los femeninos de ciertas profesiones cuando las mujeres ni siquiera tuvieron, durante siglos, derecho al estudio? Otra cosa fundamental que nos enseña Meana en este manual (que puede conseguirse por Internet buscándolo por su nombre) es que la lengua es un cuerpo en constante movimiento, modificable tanto como lo es la historia, es decir que la lengua va cambiando con el tiempo y no es rígida, ni intocable. Podemos operar sobre ella y ser concientes de que es una herramienta que, lejos de ser aproximativa, debe servir para decir lo que queremos y no otra cosa, que debe aspirar a poder nombrar todo lo que existe, que lo omitido no es terreno de la lengua sino de una profunda y ya antiquísima represión infringida por no tan anónimos intereses.

Paula Jiménez

1 comentario:

alejandro dijo...

Excelente nota Paula ! Da mucha tela para cortar y para pensar.
Hago mi propio mea culpa, porque un par de veces me he sumado al androcentrismo sin darme cuenta.

También está bueno revalorizar la filología, que como decía Gadamer: es el arte de la lectura lenta.

Gran abrazo, poeta o poetisa ??